El 17 de abril de 2014, el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, dejó este mundo, en medio de una fuerte lluvia flores amarillas; tan fuerte, que al día siguiente, “las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro”.

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Y así se fue; acompañado de una interminable procesión de mariposas amarillas que lo guiaban, al mundo del realismo mágico; donde por fin, podría reunirse con cada uno de sus personajes; que en un derroche de generosidad le regalaron a Gabo, el mayor de los éxitos y reconocimientos de este siglo. Esa fue su paga por haberles dado vida y regalado a nosotros.

Hoy, tres años después de su muerte, en un rincón de esta tierra macondiana, recuerdo a ese hombre de sonrisa infantil, bigote espeso y letras prodigiosas; y me propongo a rememorar a este escritor excepcional que ha sido elevado a lo más alto y comparte un lugar junto a los más grandes.

Todo inició en Aracataca, Magdalena; o “Macondo”; un pueblo rezagado por el Gobierno de aquel entonces, donde creció Gabriel García Márquez. Le encantaba escuchar las historias; a veces fantásticas, otras increíbles, pero siempre como si fueran reales, que le contaba su abuela; quien llenaba la casa de fantasmas y premoniciones. Así fue, como años más tarde, cuando decidió convertirse en escritor, dijo que no quería hacer literatura tradicional sino contar historias como lo hacía su abuela.

De esta forma es como nace el realismo mágico; que en sus palabras; al diario Reforma, de México, en el año 2000; Márquez explica que: “la primera condición del realismo mágico, como su nombre lo indica, es que sea un hecho rigurosamente cierto que, sin embargo, parece fantástico”. Un género que en sus obras tiene una mezcla de fantasía y crueldad; la genialidad y la queja; la  realidad y el mito.
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Y en congruencia con la definición dada por él; todos sus personajes y obras literarias están basadas en hechos 100 % verídicos; como por ejemplo, su tía Francisca Mejía, que inspira el personaje para “Funerales de Mamá Grande”; el coronel de “El Coronel no tiene quien le escriba” en su abuelo; “Crónica de una muerte anunciada”, la cual está basada en el asesinato de un amigo suyo; “Cien años de soledad” que entre otros hechos, narra la “matanza de las banareras” por la United Fruit Company en 1928.

Y hablando de “Cien años de soledad”; obra maestra de Gabo -duro casi dos décadas escribiéndola-, que le confirió el nobel; y la cual dijo que para él no había sido una de sus novelas favoritas; se puede decir, se ha dicho y se dirá mucho de ella. Yo en mi corta opinión agregaré que es una novela inteligente, genial, magistral, que se debe leer y estudiar; pues contiene muchas referencias y cuestionamientos a nuestra forma de pensar. Pero para más peso, dejo una palabras de alguien que sabe más que yo:

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Leer Cien años de soledad ha sido para mí como oír un toque de trompeta que me despertara del sueño. La empecé sin ganas y esperando que me expulsara. Algo atrapó mi atención y me hizo avanzar con la sensación de hacerlo por un bosque denso y verde, lleno de pájaros, serpientes e insectos. Después de leerlo me dio la sensación de haber seguido el vuelo rapidísimo e inacabable de un pájaro, en un cielo de inacabables distancias donde no había consuelo, donde no había sino la amarga y la vivificante conciencia de lo verdadero. Es la historia de una familia de un pueblo de Sudamérica. Con una estructura intrincadísima, vertiginosa y detallada se descubre el destino de los individuos, misterioso y límpido, trastornado por guerras y por hundimientos y arrastrado por la gloria y por la miseria, pero siempre igualmente libre, secreto y solitario, hasta un punto inmóvil del horizonte en el que un cielo luminoso e inmóvil acoge memorias y ruinas. Pero no voy a hablar de esta novela y no voy a intentar resumirla, pues me gusta demasiado como para comentarla en apenas unas líneas. Solo querría rogar a los que no la hayan leído que la lean sin demora. Yo he pasado dos días sin apartar realmente mi pensamiento de sus páginas, metiendo de vez en cuando la cabeza para ver los lugares y las caras de los que vivían allí, como contemplamos en silencio las huellas y escuchamos en nuestro corazón las voces de las personas a las que queremos”. (…)

Abril de 1969

Natalia inzburg,
Ensayos,
Barcelona: Lumen, 2009

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Written by Ruben Balanta
Estudiante de psicología e investigador por vocación de la Universidad del Magdalena. Amante de las letras, el café, los pequeños pequeños momentos, lo raro y lo nuevo. Soñador empedernido. Perfecto imperfecto. En un mundo donde abunda la normalidad, quizás, los más "normales", son los llamados "locos".